Enfermedades - Amigdalitis


¿Cómo hay que tomar los medicamentos?
Autor: Dr. Salvador Giménez - 7 de octubre 2003
Una reciente consulta a nuestra sección Medicina XXI Responde, que decía “Quería saber por qué la píldora hay que tragarla, ¿se puede masticar?”, nos sirve como excusa para hablar de cómo hay que tomar los medicamentos, cuya respuesta sería relativamente sencilla: “tal como dice el médico o tal como dice el prospecto”

Una de las frases más típicas, que se repite en todas las películas del ya inmortal Agente Secreto 007, aparte de la que dice cuando se presenta ante el malo o ante la chica de la película: “Me llamo Bond, James Bond”, es la que el Superagente al Servicio de Su Majestad la Reina de Inglaterra, y con Licencia Para Matar, le suelta al camarero de turno: “Un martini, removido, no agitado”. En realidad se refiere a una mezcla de vermut blanco seco, un chorrito de ginebra, removido con una aceituna y su palillo, pero no agitado en una coctelera de combinados o cócteles. Es decir, que a pesar de tener los mismos ingredientes, para nuestro elegante, esnob y guapo héroe, no es lo mismo tomarlo de una forma que de la otra.

Bueno, pues con los medicamentos pasa algo parecido. Las ciencias relacionadas con la investigación y el desarrollo de los medicamentos: química inorgánica, bioquímica, farmacología clínica, galénica, etc., nos han enseñado que para la máxima eficacia de un fármaco es casi tan importante la molécula de principio activo como el vehículo y los excipientes para determinar cual es su mejor forma de administración.

La historia de estas ciencias nos ha deparado muchos y grandes avances en los últimos años. A finales del siglo XIX solo podían administrarse medicamentos por vía oral en forma de polvo, infusión, o desleídos en agua; en forma de inyección intravenosa o intramuscular; y en forma de enema por vía rectal. A principios del siglo XX se introdujeron los comprimidos y, curiosamente el ácido acetilsalicílico de la más que famosa Aspirina, fue uno de los primeros, si no el primero, que se comercializó en esta forma de administración. Luego llegaron los jarabes, los supositorios, los óvulos vaginales, etc. Y más recientemente los parches, los DIU con medicación, los comprimidos de liberación retardada, los inyectables de depósito, los profármacos, los liposomas y los equipos tecnológicos para la infusión continua de insulina subcutánea o bomba de insulina, por ejemplo.

Los principios activos o medicamentos, para que nos entendamos, y más específicamente sus moléculas, poseen una serie de características y propiedades químicas que permiten o impiden que se pueda administrar de una forma u otra. Así hay principios activos que solo pueden disolverse en agua, otros solo en grasas o lípidos; unos actúan solo tras ser absorbidos por el intestino, otros son inactivados por las enzimas digestivas; unos solo pueden administrarse por vía oral, otros solo pueden aplicarse localmente sobre la piel o las mucosas, etc. Además, algunas de estas moléculas tienen un sabor, a veces tan sumamente desagradable, que imposibilitan que se puedan tomar por vía oral, directamente en su forma original.

Todo ello ha hecho que las ciencias relacionadas con la forma de administración de los medicamentos hayan evolucionado tanto en los últimos años y nos ofrezcan los medicamentos en formulaciones más aptas para determinadas vías de administración, a través de las que son más eficaces y producen menos molestias.

Dejando aparte historias o anécdotas más o menos graciosas, curiosas o estrafalarias que a veces circulan por los centros de salud, lo cierto es que la mayoría de la gente toma los medicamentos correctamente. Espero que a nadie se le ocurra darle un lametón todas las mañanas a un parche con hormonas anticonceptivas en lugar de llevarlo pegado en la nalga durante una semana. Bueno, igual sí que se le ha ocurrido a alguien, pero habrá podido comprobar la ineficacia como anticonceptivo de esta otra forma de empleo. Y espero que tampoco se le ocurra a nadie comerse un supositorio, aunque sea con pan, que así pasa mejor, si su problema es la amigdalitis, por aquello de que por esa vía está más cerca del órgano enfermo, y menos sin sacarlo de su envoltorio de aluminio.

Lo cierto es que responder a la cuestión de cuál es la mejor forma de tomar los medicamentos es bastante sencillo: tal como dice el prospecto o tal como dice el médico. Un medicamento empleado de una forma no recomendada puede dejar de ser eficaz para su indicación y puede producir efectos secundarios más molestos o más numerosos. Si en el prospecto especifica claramente que el medicamento debe ser ingerido entero, sin masticar, hay que hacerlo así para garantizar la eficacia. Si dice que hay que aplicar la pomada con un ligero masaje, no hay que dejar un pegote de pomada esperando que ella sola se reparta por la zona afectada. Si dice que hay que tomar el medicamento con el estómago vacío y se toma después de la comida, se está retrasando o anulando la acción de la medicación.

Salvo rarísimas excepciones, si se recomienda que un determinado medicamento se tome entero sin masticar, es más que probable que si se mastica, las enzimas de la saliva lo inactiven y deje de ser eficaz. O que tenga tan mal sabor que el paciente no sea capaz de tragárselo. Por esto se administra el medicamento en forma de comprimido o cápsula y no en forma efervescente o masticable. La excepción serían esos medicamentos que aunque vienen presentados en forma de comprimidos se pueden masticar, y de hecho se deben masticar para su más rápida eficacia. Por ejemplo los nitritos vasodilatadores que se mastican y se colocan bajo la lengua para que su rápida absorción sirva como tratamiento de un episodio de angina de pecho.

A veces un mismo principio activo puede administrarse por diferentes vías o de diferentes formas gracias a los excipientes y el vehículo que los contiene. Por ejemplo un mismo antibiótico –mismo principio activo-  puede tomarse en forma de jarabe, de inyección intramuscular, en cápsulas o en sobre efervescentes -vehículos y excipientes distintos. La forma y vía de administración va a depender de las necesidades en cada paciente en concreto. Y si un medicamento se puede administrar en forma efervescente, no hay que abrir su forma en cápsulas de gelatina para disolverlo luego en agua.

Asimismo, conviene respetar las recomendaciones específicas de determinadas formas de presentación y administración. Así, un colirio abierto para el tratamiento de un proceso ocular crónico debe desecharse al cabo de un mes como máximo. Un jarabe que viene presentado en forma de polvo dentro de una botella, al que hay que añadir una determinada cantidad de agua hasta la marca recomendada, debe desecharse al cabo de una semana, aunque no se haya acabado el jarabe. Y, por supuesto, hay que poner la cantidad recomendada de agua, ni más, ni menos.

Tomar correctamente los medicamentos, según su forma de administración, es garantía de eficacia y seguridad. El tema de las dosis recomendadas también es importante, pero esa es otra historia.

Dr. Salvador Giménez Serrano

Director Médico

MEDICINA XXI

 




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